Cullera septiembre 1911

Una huelga contra el reclutamiento para la guerra de Marruecos acabó en asesinato - Siete hombres fueron condenados a muerte e indultados por clamor popular



De izquierda a derecha, El Xato de Cuqueta, autor de la muerte del juez y Jacobo López de Rueda, el juez de Sueca
De izquierda a derecha, El Xato de Cuqueta, autor de la muerte del juez y Jacobo López de Rueda, el juez de Sueca 


PEPI BOHIGUES, CULLERA El 18 de septiembre de 1911, una protesta obrera que empezó siendo una simple huelga, acabó con el asesinato del juez de Sueca y dos de sus subordinados a manos de los manifestantes. Los hechos se dieron a conocer incluso fuera de España e influyeron de forma importante en Cullera y Sueca.
El 18 de septiembre de 1911 era lunes. Las diferentes sociedades obreras y sindicatos de toda España habían decidido celebrar una huelga general en protesta por el reclutamiento forzoso para luchar en la guerra de Marruecos y Cullera no se mantuvo al margen. Los obreros de la ciudad cortaron las líneas telegráficas, levantaron las vías del ferrocarril, cerraron los diferentes negocios que había entonces en el pueblo para impedir que la gente fuera a trabajar e, incluso, impidieron que dos terratenientes locales fueran a ver sus arrozales, según cuenta el historiador Ricard Camil Torres.
El juez de primera instancia de Sueca, Jacobo López Rueda, fue informado de todo lo que estaba sucediendo en Cullera y decidió acudir a la población para poner orden. Se armó con una pistola y una coraza (chaleco) de cartón-piedra. Junto a él iban el secretario del juzgado, su hijo, un alguacil, un escribiente y un vecino de Cullera.
Según cuenta Torres, al llegar a la estación de Cullera el juez se encontró con Juan Jover, conocido popularmente como el Xato de Cuqueta. Junto a él estaba el jefe de la estación a quien los huelguistas habían impedido ir a Sueca para comunicar a la autoridad competente que las vías del tren estaban cortadas y no se podía restablecer el tránsito de trenes.
Encuentro con el Xato

El juez empezó a pedir identificaciones a los huelguistas y, como estos seguían levantando los raíles y otros huían del lugar, el magistrado sacó su arma. Entonces, se inició una discusión entre los huelguistas y el juez que acabó con la detención del Xato de Cuqueta y un tal Blanco, a los cuales hicieron subir a la galera (vehículo similar a la tartana) en la que iba el juez.

La galera entró en Cullera por la Calle Valencia, situada en el barrio obrero del Raval, y entonces la gente empezó a gritar «Que s´en duen els homes!», cuenta Torres. La noticia corrió como la pólvora y, cuando la galera llegó al centro de la población, la gente empezó a tirar piedras al vehículo. El Xato de Cuqueta y el Blanco aprovecharon para escapar.
«El juez de Sueca perdió los papeles e intentó imponer su autoridad disparando al aire», explica Torres, quien indica que la conducta del juez desató la furia de los huelguistas. El secretario del juzgado recibió una puñalada, aunque consiguió salvarse; mientras que el juez, el alguacil y el escribiente consiguieron esconderse en el ayuntamiento. El hijo del secretario se escondió en una casa.
El alcalde de Cullera, Joaquín Fenollar, y algunos concejales republicanos intentaron calmar a la gente y, cuando parecía que lo habían conseguido, entre las 2 y las 3 de la tarde, el juez de Sueca volvió a salir al balcón del ayuntamiento. López de Rueda preguntó a la multitud el motivo de su protesta y la gente respondió: «No volem la guerra».
El juez efectuó unos tiros al aire, «lo que enfureció más a la gente», cuenta el abogado y estudioso de los Sucesos de Cullera, Salvador Pedrós, y entonces los huelguistas asaltaron la casa consistorial. «Sacaron al juez a la calle y el Xato de Cuqueta le pegó un hachazo al juez en la cabeza», relata Pedrós, quien asegura que a continuación el Xato dijo: «A fet que l´he estrelat».
Aunque el historiador Santiago Pérez no tiene tan claro que fuera el Xato quien asesinó al juez. Pérez cuenta que «la muerte del juez se produjo de forma tumultuaria en el ayuntamiento». Después, «el Consejo Supremo de Guerra y Marina condenó, fundándose en las declaraciones prestadas, a doce de los acusados como coautores del asesinato del juez López de Rueda; Juan Jover fue uno de ellos y se le condenó también como coautor de los otros dos asesinatos», explica Pérez.
Ricard Camil Torres añade que el alguacil, Antonio Dolz, consiguió escapar y cruzar el río Xúquer, pero en la otra orilla los huelguistas lo atraparon, le ataron una piedra la cuello y lo lanzaron la río. Su cadáver fue rescatado al día siguiente.
El escribiente, Fernando Tomás, por su parte, murió en el hospital unos días después por las heridas que le infligieron. Uno de los acompañantes consiguió salvarse al esconderse en un diván del Ayuntamiento.
Campaña internacional: 50.000 firmas solicitando el indulto

Unos días después de los sucesos, los diputados republicanos Juan Barral y Félix Azzati visitaron la cárcel de Sueca, donde se encontraban los acusados y entonces se enteraron de que éstos habían sido torturados y, por eso, habían declarado cosas que no habían hecho, cuenta el historiador Torres. Los diputados se entrevistaron con el presidente del consejo de ministros, José Canalejas, e inmediatamente iniciaron una campaña de denuncia que tuvo eco a nivel internacional.

Periódicos como «´Humanité» y el «Daily News» criticaron la intención de condenar a muerte a los detenidos. Los anarquistas franceses y emigrantes españoles residentes en el país vecino repartieron panfletos criticando al juez de Sueca y denunciando las torturas sufridas por los detenidos. Además, se recogieron 50.000 firmas que pedían la conmutación de las penas de muerte, entre los firmantes estaba el escritor Benito Pérez Galdós, además de otras personalidades de la época.
El desencadenante del trágico final

Lo que empezó como una huelga la mañana del 18 de septiembre de 1911 acabó con el asesinato de un juez y dos de sus subordinados. ¿Qué desencadenó el trágico final? Los historiadores coinciden en señalar que la llegada de López de Rueda a Cullera y su actitud autoritaria, disparando tiros al aire, unido al hecho de las enemistades que tenía este magistrado con la clase obrera fueron factores clave.

Además, estamos hablando de una época en que la clase obrera luchaba contra elementos caciquiles y el juez representaba ese poder autoritario. Santiago Pérez indica que «aunque episodios similares se vivieron en España en los siglos XIX y XX, no creo que los hechos de sangre sean explicables solo en clave de cultura política propia de ese momento». Según este historiador, «a Jacobo López de Rueda se le atacó por su ejecutoria personal contra sindicalistas y republicanos, pero también por lo que representaba: era el garante de un orden social opresivo». Salvador Pedrós opina que «el juez nunca debería haber ido hasta Cullera para sofocar la protesta porque esa era la función de las fuerzas del orden público (…); si no hubiera ido no hubiera pasado nada», dice Pedrós.
A esta circunstancia hay que añadir el hecho de que el Xato de Cuqueta y otros de los condenados acumulaban ya un historial delictivo, por eso Santiago Pérez cree que «individuos concretos procesados por el juez pudieron también actuar por venganza personal».

22 procesados y 7 condenas a muerte

La decisión de Alfonso XIII de indultar al Xato de Cuqueta llevó a dimitir a José Canalejas al frente del Gobierno central


El historiador Ricard Camil Torres cuenta que, inmediatamente después de los Sucesos, 20 carabineros procedentes de la playa ocuparon el pueblo y algunos huelguistas empezaron a huir, otros se escondieron en la montaña y el resto se quedaron en sus casas. Se declaró el estado de guerra y, al día siguiente, el batallón militar de Las Navas ocupó Cullera. Los primeros detenidos fueron conducidos al cuartel de la Guardia Civil y, posteriormente a la cárcel de Sueca.
El alcalde de Cullera, Joaquín Fenollar, fue suspendido de su cargo e inhabilitado. Se le acusaba de haberse ido a cazar por la mañana, a pesar del clima de tensión que había en Cullera. Además, alrededor de 10 guardias municipales fueron detenidos o destituidos por «incumplimiento del deber» y «actitud sospechosa», cuenta Torres en el libro «Anarquisme i revolució, Cullera 1911». Una comisión gestora de cariz más conservador pasó a dirigir el Ayuntamiento.
Se llegó a interrogar a medio pueblo. Según figura en el libro de Santiago Pérez, «Cullera 1911, la protesta d´un poble», un total de 58 hombres fueron detenidos y liberados posteriormente sin cargos, mientras que otros 22 hombres fueron procesados. La Audiencia Provincial de Valencia se inhibió a favor de la justicia militar y el juicio empezó en Sueca el 7 de diciembre.
En un principio, se dictaron 7 penas de muerte. Pero el capitán general finalmente solo firmó tres: la de Juan Jover (el Xato de Cuqueta), Cecilio Sanfélix y Federico Ausina. El 12 de enero de 1912, el Consejo de Ministros indultó a dos de los condenados y, finalmente, el rey Alfonso XIII, decidió también indultar al Xato.
La decisión del rey provocó que José Canalejas, presidente del Consejo de Ministros, presentara su dimisión, pero el monarca no se la aceptó. 

El perfil de la mayoría de los acusados respondía al de jornaleros pobres y analfabetos. El historiador Santiago Pérez explica que, de la veintena de condenados que hubo finalmente, solo constan tres sindicalistas pertenecientes a la Unión Agrícola Obrera, la principal sociedad obrera de Cullera en 1911.

Quince de los condenados eran analfabetos y cinco, incluyendo a Juan Jover, tenían un perfil delictivo o antisocial. Doce trabajaban en el campo, la mayoría como jornaleros; había un albañil, un herrero y un carpintero; del resto no consta su ocupación.

El xato de cuqueta. El autor de la muerte del juez



Un hombre de los bajos fondos
Era labrador o jornalero, analfabeto y tenía 24 años cuando ocurrieron los Sucesos de Cullera. Todos los historiadores consultados coinciden en destacar que el Xato de Cuqueta no era un sindicalista ni una persona que destacara en los grupos políticos locales. Muy al contrario, «era una persona muy marginal», dice Torres. El historiador Santiago Pérez, cuenta que Juan Jover acumulaba, desde los trece años de edad, condenas por faltas y delitos como desacato, desobediencia o atentado a agentes de la autoridad, disparo de arma de fuego, lesiones, robo, y escándalo en la vía pública, algunos con reincidencia. «De estas conductas antisociales destaca el uso de la violencia y el desprecio a la autoridad», explica Pérez. Como ejemplo, señalar que, el 25 de diciembre de 1910, el Xato lanzó piedras a la puerta de un prostíbulo y fue multado por escándalo con 5 pesetas. El Xato de Cuqueta fue condenado a muerte, le fue conmutada la pena por cadena perpetua, pero salió de la cárcel en 1931 gracias a una amnistía.

Jacobo López de Rueda. El juez de sueca



Un hombre autoritario
Jacobo López de Rueda, juez de primera instancia del juzgado de Sueca, nació en Santiago de Compostela en 1870. El historiador Ricard Camil Torres, define al juez Jacobo López de Rueda como una persona «autoritaria y desequilibrada». En el artículo «Revolta a Cullera, 1911», Salvador Pedrós coincide en calificar al juez como «un hombre de claras tendencias autoritarias y de entendimiento ligeramente alterado». Pedrós aclara que se basa en los testimonios consultados y, por eso, toma estos datos como una indicación. «Desde que había muerto su mujer había dado pruebas de una auténtica alteración mental», cuenta Pedrós. Pero, además, los historiadores consultados coinciden en que López de Rueda ejerció una importante represión sobre el movimiento obrero. Como ejemplo decir que en 1909 cerró la sociedad obrera La Colmena y detuvo a algunos de sus miembros que fueron llevados al juzgado donde «fueron objeto de golpes y otros excesos mandados por el juez y realizados por el alguacil», cuenta Pedrós.

Cullera 1911. Un Levante no tan feliz

Destacadas personalidades como Pérez Galdós, Ramón y Cajal, Benlliure, Sorolla, Muñoz Degrain o Morote pidieron el indulto de los acusados


MANUEL CHUST En la mañana del 18 de septiembre de 1911, hace ahora cien años, Cullera era una población fantasmal. La mayor parte de sus vecinos habían secundado la huelga general promovida por sociedades obreras valencianas que se unieron a la convocatoria de la Confederación Nacional de Trabajadores en solidaridad con los obreros de Bilbao y contra la guerra de Marruecos. Huelga que contaba con el apoyo de los diversos partidos republicanos. Los motivos eran suficientemente conocidos: carestía, hambruna, explotación laboral, inexistencia de garantías sociales y políticas, desigualdad e injusticia social. Sin embargo, en estos años, a estas cuestiones, se unía el malestar por la subida de precios de los alimentos básicos, especialmente el notorio incremento del pan, agravado por el «odiado» sistema de consumos que afectaba a diario los precios de los alimentos básicos.
Además, desde hacía dos años, otra cuestión aunaba también el malestar de las clases trabajadoras y de las capas medias: la guerra de África. Pese a que el gobierno conservador, de Maura primero, y liberal, de Canalejas después, habían «tranquilizado» a la población diciendo que no llamarían a filas a reservistas, ambos incumplieron sus promesas y movilizaron a contingentes licenciados desde 1902.
A las razones estructurales se les unieron las coyunturales. El cóctel fue explosivo. Ya en el verano de 1909, en plena celebración de la Exposición Regional en Valencia, las autoridades valencianas repartían octavillas con la letra del Himno que el maestro Serrano había compuesto para la ocasión —después se convertirá en el Himno Regional— para que la población lo cantara tras los conciertos de las noches de julio. Y los valencianos empezaron a cantar… pero solo una estrofa que para ellos significaba «otra cosa»:
«Ja en el taller

i en el camp remoregen
càntics d´amor
himnes de pau».

Los cánticos de la estrofa fueron repetidos varias noches seguidas, por lo que al final acabó con la intervención de las fuerzas de seguridad dispersando a los «cantores» y prohibiendo el cántico las siguientes noches, estableciendo el estado de sitio una vez más y sacando las autoridades militares el ejército a la calle. La palabra Paz resonó una y otra vez hasta que se convirtió más que en una glosa del regionalismo valenciano en una reivindicación de la clase trabajadora valenciana que veía cómo sus hijos, maridos, padres y hermanos morían en una guerra cruel e injusta de la que los ricos se podían librar pagando la redención cifrada en 1.500 reales. Ése era el inalcanzable precio para la mayor parte de los valencianos de la redención, de la exención de ir a la guerra… de morir por la ¿Patria? Ése era también el diferente concepto que los valencianos tenían de la marca que por estos meses acuñó el regionalismo valenciano: «Levante feliz».
Ese verano de 1909 terminaría con la Semana Trágica de Barcelona y una cruenta represión que culminó con un maestro de la pedagogía de prestigio internacional como Ferrer i Guardia en el patíbulo, acusado de instigar las revueltas a través de su red de Escuela Moderna.

Dos años después, la situación lejos de mejorar, se agravó. Los pueblos de la Ribera, la Costera, la Safor y la Marina sufrieron especialmente estos problemas al acentuarse, de forma específica, la crisis del arroz.

La mayor parte de estas poblaciones secundaron la huelga general. Estaban literalmente hartos. Hoy diríamos también «indignados». Aconteció que en Cullera ocurrieron los «hechos» más dramáticos y luctuosos. Pero bien pudieron acontecer en Carcaixent, Alzira, Dénia, Xàtiva, Silla, Gandia o Alberic, por citar solo algunas poblaciones en donde la huelga se transformó en revuelta. 

En Cullera ocurrió que Jacobo López Rueda, juez de primera instancia del distrito judicial de Sueca, al enterarse de que el comité de huelga había cortado los accesos a la ciudad e impedía la salida de reservistas, al igual que en otras poblaciones, enroló en un coche a su propio hijo, a sus ayudantes y a los hijos de uno de ellos y se fue a la población cullerense. En la entrada de Cullera se encontraron con un piquete huelguista y tras un enfrentamiento detuvo a dos de ellos y los subió al carruaje. Uno de ellos era un vecino muy conocido en la población: el Xato de Cuqueta, que posteriormente tendrá una destacada participación en los acontecimientos.

La comitiva judicial se adentró con los detenidos en el pueblo. De inmediato, autoridad judicial y detenidos fueron reconocidos por los piquetes y la población, que estaba en la calle apoyando el movimiento contra la guerra. Numerosas personas rodearon el carruaje con el objeto de liberar a los detenidos. Y de la liberación se pasó a la ira. El secretario y el alguacil resultaron muertos en la refriega. Los demás pudieron refugiarse en el ayuntamiento. La Guardia Civil, movilizada por el gobernador militar para «sitiar» la ciudad de Valencia en previsión de manifestaciones, no pudo intervenir. No estaba. Pasó lo mismo en las demás poblaciones.
Encerrados en el consistorio el juez y parte de la comitiva, la corporación municipal intentó apaciguar los enfurecidos ánimos de los huelguistas. En esta situación el juez sacó una pistola y disparó varias veces contra la población desde el balcón del ayuntamiento. Lejos de dispersarlos, como parecía que era su intención, embraveció aún más los ánimos populares, los cuales acabaron asaltando el ayuntamiento, dando muerte al juez y a su habilitado.
Cullera solo fue una excepción por las luctuosas muertes. Las poblaciones valencianas estaban en pie de guerra. En Carcaixent los manifestantes levantaron las vías del tren, hicieron descender a los reservistas, los alojaron en sus casas, cortaron el telégrafo, levantaron piquetes en la entrada de la población y acabaron quemando la administración de consumos, asaltando el ayuntamiento y quemando su archivo, las dependencias del juzgado municipal y de la Junta de la Acequia.
En Alzira también bloquearon la salida de los reservistas y acabó el motín destrozando la casa del cacique conservador José Bolea y quemando el casino del partido conservador. Acontecimientos similares, como hemos dicho, se sucedieron en una multitud de poblaciones valencianas. Fue la Semana Trágica valenciana. Mientras tanto, la ciudad de Valencia estaba tomada por el Ejército y la Guardia Civil. ¿Levante feliz?

Con la llegada de la Guardia Civil y del Ejército a estas poblaciones, se restableció la calma. También empezaron las detenciones. Y estas fueron masivas. Se detuvo tanto a los supuestos implicados en las revueltas como a los líderes de las sociedades obreras, partidos republicanos y especialmente cenetistas. A todos se les aplicó la Ley de Jurisdicciones, es decir, pasaban a ser juzgados por el fuero militar. Muchos de los detenidos estuvieron meses en la cárcel Modelo de Valencia sin cargos. Los casinos republicanos, las agrupaciones socialistas, las escuelas racionalistas fueron clausurados. Los periódicos opositores a liberales y conservadores tampoco se libraron de la dura represión. El Pueblo y El Mercantil Valenciano sufrieron censuras, multas económicas, registros e, incluso, amenazas de clausura y detención de sus redactores.

Los sumarios contra los detenidos por los «Sucesos» del mes de septiembre se abrieron un mes después. A los detenidos en Cullera, Alzira, Carcaixent y Xàtiva se les aplicó un consejo de guerra. Por supuesto el juicio que más expectación y trascendencia tuvo fue el de los veintidós procesados de Cullera. El juicio se desarrolló en Sueca en diciembre, con esta población y la de Cullera tomadas por la Guardia Civil. La sentencia militar impuso siete condenas a muerte, una a cadena perpetua y las restantes condenas que iban de los doce a veinte años de prisión.
Republicanos y socialistas se movilizaron en contra de las condenas a muerte. El Pueblo y El Mercantil Valenciano abanderaron la causa. Las peticiones de indulto se multiplicaron. Destacados miembros de la cultura se sumaron a las peticiones de indulto: Galdós, Ramón y Cajal, etc. Las peticiones también llegaron de personalidades e instituciones europeas. Los «Sucesos» de Cullera empezaron a ser conocidos a partir de su juicio. La petición de indulto llegó al presidente de Gobierno, el liberal José Canalejas. El Consejo de Ministros indultó a seis de ellos, manteniendo la pena al Xato de Cuqueta. La sombra de Ferrer i Guardia planeó otra vez sobre la opinión pública española. Los republicanos hicieron de este tema una verdadera cuestión. Una comisión de personalidades valencianas pidió audiencia a Alfonso XIII para pedirle el indulto del último procesado. Entre ellos Benlliure, Sorolla, Muñoz Degrain y Morote. El 13 de enero el rey le conmutó la pena de muerte al Xato de Cuqueta por cadena perpetua.
Los «Sucesos» de Cullera quedaron durante mucho tiempo en el recuerdo de muchos cullerenses, de muchos valencianos. Cullera se convirtió en bandera reivindicativa contra la injusticia social, la desigualdad económica y la falta de libertades políticas. Justo es recordar cien años después a aquellos y aquellas que las padecieron y lucharon contra ellas.

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